A.
Ya tenemos un ritual. Toco a su puerta. Baja por la escalera y en el vestíbulo de su edificio me enseña su pene. Pone cara de niño travieso. Abre la puerta y es necesario que le demuestre que me gusta. La prueba es mi propia erección. Mostrarla así en la banqueta, hace que no se me ponga muy dura. Pero no le importa: me toma de la mano y pasamos a la siguiente etapa.
Al entrar en su depto empieza el faje. Es un tipo oral aunque no nos besamos. Me parece bien. En cambio es verbal. Me pregunta todo el tiempo: ¿te gusta?, y me pellizca las tetillas. ¿Sientes rico?, y me pica la cola. ¿Quieres?, y me pone su vergota ya pegajosa cerca de la boca.
Quiero algo de tomar, le pido mirándolo desde sus güevos. Me da licor de vainilla. Se lo embarra en el pito y me lo mete a la boca para que lo saboreé.
Todo el tiempo revisa que la tengo parada. Que me está gustando. Me huele. Me da vergüenza porque yo me masturbé en la mañana y todo el día en la calle. Seguro que la tengo apestosa. A mi no me gusta el olor a sudor y mecos viejos.
Pero a él le enloquece.
La tercera etapa fue en su cuarto, ya sin ropa. Marometa y media; todo nos tocamos. Me encanta que restriegue su pito en mis nalgas. O que se quede quieto, recargado en mi hoyo, mientras me chaquetea. Me retuerzo como anguila bajo sus caricias.
En cuclillas sobre su boca me vine. Me chupeteaba los testículos. Me pedía que viera su vergota de cerquita. Me embarraba de lubricante los cachetes. Se masturbaba oliéndome y yo veía de cerca. Me saltaban gotas. Sentí su aroma y su calor. Me dijo que se iba a venir en mis calzones y que me iba a mandar a casa embarrado de sus mecos.
Y entonces me vine encima de él, con la pura idea.
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